Evolución consciente
Como el espíritu se depura y evoluciona mas rapidamente

Julián González

Ya está hartamente comprobado que en el Universo apenas dos elementos existen, los cuales se denominan FUERZA Y MATERIA.

Por Fuerza se entiende la Inteligencia Universal, que es luz astral (no confundir con la luz física) que se expande en forma parcelada y se proyecta en los diversos reinos de la Naturaleza, constituyendo en sí mismo la VIDA.

De esos dos elementos existen incontables categorías, subordinadas todas a las leyes comunes, naturales e inmutables.

Esas leyes naturales impulsan el progreso, y éste, en la parte humana, sólo se hace por el desarrollo del entendimiento, el cual se realiza mediante el estudio y con la práctica del valor, de la ponderación, moderación y el espíritu de justicia, y así, por la lucha intensa y sostenida por las dos vidas, vale decir, por la material y la espiritual que todos necesitan vivir en este planeta Tierra.

Nada muere en el Universo; en él, todo es vida – superior, intermedia e inferior.

La vida, que se ha convenido en denominar espíritu, cuando constituye el ser humano, permanece en constante lucha contra sus malos hábitos, contra sus imperfecciones y contra la ignorancia imperante en el medio ambiente donde habita – de lo que le resultará más fácil vencer en la vida física y astral, superándose en perenne ascensión hacia la perfección.

Esta concepción de que luchar es vivir, la tiene el espíritu humano cuando en plena libertad, en el mundo que le es propio, donde la convicción de la verdad, la confianza en si mismo y el conocimiento de la composición del Universo, como Fuerza y Materia, son realidades que no admiten la mas leve duda. Sin lucha constante, raciocinada, no puede haber progreso y, consecuentemente, purificación del espíritu.

De esa lucha constante del espíritu, le resultan sufrimientos varios, a veces horrendos, tanto material como espiritual; regulados, lógicamente, por el uso que haga de su libre albedrío, y de la educación de su voluntad, fuerza motriz ésta que emite los pensamientos, y que se constituyen en factores preponderantes que originan todos los males de que padece el ser humano, cuando éste los emplea para el mal; o de salud, progreso y felicidad cuando los emplea solamente para el bien.

Es pues, el sufrimiento advenido de la lucha por la vida en sus ansias de progreso, el crisol depurador del espíritu; y éste, cuando esclarecido sobre el porque de las cosas, consciente de su estado, de su composición como Fuerza y Materia, sabiendo raciocinar sobre todo cuando lo cerca, soporta la lucha, resignada pero valerosamente, estoicamente.

Aprender a luchar valerosa y conscientemente, a sufrir física y moralmente, es lo que constituye el deber de todos los seres humanos para la purificación y perfeccionamiento de su espíritu.

La certidumbre de que en el Planeta Tierra sólo existen sufrimientos, la tiene todo espíritu cuando aún en su mundo de origen, antes de bajar a encarnar, mundo ese donde la lucidez le es completamente absoluta.

La evolución espiritual se hace lenta y gradualmente, y sólo puede hacerse más rápidamente cuando el ser humano estudia los porques de la vida y procura ser honrado, siendo por lo tanto, valeroso, ponderado, moderado y justiciero, y así, un luchador consciente y verdadero; y no un indolente, un pusilánime, apegado a misterios y milagros, esperando de sus divinidades inexistentes, favores sobrenaturales, como ha acontecido hasta hoy con la gran mayoría de los terrícolas.

Solamente de la práctica consciente del deber ya indicado, resulta un proceso real durante la trayectoria evolutiva que el espíritu humano realiza en su estadía por este planeta Tierra.

La vida en el Espacio, en el gran cosmos, es, simplemente espiritual, pero en el Planeta Tierra se hace dupla, por su conjunción con la materia organizada, constituyendo el ser humano, o sea, el terrícola.

Encarnando, pues, el espíritu, además de la vida espiritual, vive también la vida material con entera sujeción a las leyes naturales imperantes en este planeta. La primera es la que dice respecto al espíritu, la cual necesita ser vivida con la máxima rectitud, en procura de su propia depuración, no debiendo perder de vista su naturaleza inmortal, y por lo tanto eterna; y la segunda, la vida material, es indispensable al cuerpo físico o carnal, que resulta ser el vehículo del espíritu, que de él necesita para poder gravitar, permanecer y locomoverse en este plano físico, la Tierra.

Esa vida material, que todos los seres deben vivir en este planeta, es pasajera, pero del buen uso que de ella hicieren, resultará mayor o menor progreso para su espíritu.

Siendo pasajera la vida material, como realmente lo es, se torna necesario no esclavizar a ella su espíritu; entonces, es indispensable dividir el tiempo de manera que haya horas determinadas para cada cosa, para cada quehacer, sin descuidar las horas espirituales, esencial a la fortificación del espíritu, cuando se inspira, para dar cabal cumplimiento a su deber, sin estacionar ni muy lentamente hacer su progreso.

Sólo así esclarecido y consciente, podrá el ser humano vencerse en sus malos hábitos, dominar sus pasiones, sus imperfecciones y caminar con seguridad rumbo al triunfo total.

En la vida material, no obstante ser de efímera duración, es indispensable mantener siempre avivado en su espíritu el sentido práctico de la honradez, que materialmente consiste en cumplir fielmente todos sus contratos, todas las promesas o combinaciones, todos los ajustes con quien quiera que sea, valorizando siempre, su trabajo, su esfuerzo y su tiempo. En este particular, es de hacer notar que no deben ser confundidos intereses materiales con las relaciones de amistad. Así hará de procederse en la vida material, y más; darle al cuerpo físico lo que él necesita para que sus funciones sean normales, para que se fortifique, procediendo el espíritu, en todos sus actos, con la máxima regularidad, con moderación, disciplina y método, y así pueda vivir el tiempo necesario y no desencarnar antes de la época que determinó permanecer en la Tierra para cumplir su deber y proceder su evolución.

Debe pues, el ser humano, ser fuerte para la lucha, metódico y disciplinado para poder accionar con ventaja y vencer en la vida que necesita mantener entre los encarnados de la mas diversas categorías, y así, evitando escurrirse hacia la ferocidad, el egoísmo, la envidia, los celos, deseos intemperados y de venganza, propia de los irracionales.

Justo es que procuren defenderse de los malos, de los obsesionados, pues si no lo hicieren, de ellos se tornarán víctimas, esclavos e imposibilitados de luchar por su propia superación – especialmente si en esa lucha, puramente material, introduciere un sentimiento enfermizo que supone ser cristiano, espiritual y benéfico, cuando de hecho, no pasa de un gran mal.

Es así la vida material que, vivida de otra manera, se torna perjudicial al espíritu, al propio ser, a la familia a que está obligado a mantener y dignificar y hasta al medio ambiente donde fuere obligado a vivir.

Accionar pues, con fuerza y vigor, apoyándose en el raciocinio, y así, en el deber a cumplir, es vencer en todas las campañas naturales que la vida ofrece en este planeta, es vencer en la vida material y paralelamente conquistar el progreso de la vida espiritual, que es eterna, y que, a la postre, es la verdadera vida de todos los seres. Esta, para ser bien vivida y aprovechar al progreso del espíritu, exige que el ser humano permanezca constantemente alerta, no dejándose dominar por los deseos materiales y por los vicios que de ellos derivan, grandes venenos del alma. Además, en la vida espiritual es indispensable:

1) La máxima disciplina para ejercer un examen permanente sobre sus pensamientos, sus palabras y acciones, visto que de la disciplina resultará la educación de la voluntad para el bien, y éste, indudablemente, ejerce preponderancia en la purificación y promoción evolutiva del espíritu.

2) No tener apegos a ninguna persona, ni tampoco considerar su desafecto a quien quiera que sea. En esencia, todos somos hermanos.

3) En los momentos destinados a la vida espiritual, no religarse a personas y cosas del mundo físico, pues, no procediendo así, se subyuga mediante el pensamiento a intereses y objetos materiales, de ello resultando una interrupción, una interferencia que transgrede la Ley de libre albedrío dañando, por lo tanto, el progreso de su propio espíritu, el que debe ser totalmente libre para poder dar cabal cumplimiento a sus deberes.

4) Tener horas determinadas para cada actividad de manera tal que jamás los intereses materiales puedan deteriorar los momentos destinados a la superación espiritual. Reiterando, es necesario no olvidar que irradiar entremezclado con intereses de orden material perturba la vida espiritual, resulta perjudicial al espíritu, retardando su evolución. Irradiar impelido por un interés de aventajar, en cualquier cosa que sea, no es lícito y no es pensar verdadera y espiritualmente, y si, interesadamente, condición ésta que pertenece a las horas de la vida material.

5) No olvidarse que, corregirse y perfeccionarse es deber emanente de la propia evolución; luego, quien irradia debe intencionar tener conciencia de sus errores a fin de no incurrir más en los mismos.

En regla general, el deber es igual para todos; ejercitar su raciocinio en procura del máximo desarrollo del entendimiento, y más:

a) Poner en acción su libre albedrío solamente para el bien, sin interferir en el libre albedrío de su semejante ni en el progreso de los mismos.

b) No pensar en los Espíritus Superiores ni el Grande Foco (Supremo Creador del Universo), con ideas de aventajar en el progreso espiritual o material, o de auxilio en lo que desea obtener, porque pensar así es revelar ser un vulgar interesado que pretende especular con las entidades Superiores, probando así, que su espíritu no tiene la mínima noción de su deber.

c) Racionalmente, cada uno debe convencerse, de que "Quien bien o mal hace, para si mismo lo hace". Según la Ley de Causas y Efectos, lo que se siembre es lo que habrá de cosecharse, frutos de la misma semilla. Luego, correcto está quien piensa con Altruismo, con valor, sin alimentar segundas intenciones, consciente de que conforme piense, así atrae, así será. Ante la ley se impone la esencia y no las formas aparentes.

En todos los actos debe presidir el sentimiento de altivez, imparcialidad, lealtad y justicia, así demuestra su grado de convicción y la certidumbre de que está cumpliendo con su deber. Solo así activará su progreso espiritual, su mas rápida ascensión hacia la LUZ SUPREMA, de la cual el espíritu humano es una partícula en evolución en este planeta Tierra.

Ubicándose al margen de estas condiciones, estará el espíritu racional perdiendo su tiempo, es estacionar en la fija, retardando su progreso. Y el progreso es una ley natural que no puede ser interrumpido. O se progresa mediante el uso inteligente de la razón, empleando bien el libre albedrío, o se progresa muy lentamente a través del dolor.

Esclarecido el ser humano, conociendo su composición integral como FUERZA Y MATERIA, sabe que tiene absoluta libertad para pensar y accionar, de ello resultándole la convicción:

1) De que no hay acto en su vida íntima o pública que no sea reflejado en su aureola, permitiendo así, su real interpretación por los espíritus que le rodean.

2) Que no habiendo secretos en esta vida terrena, no pueden ser ocultadas las faltas, por lo que, las acciones delictivas son observadas e indefectiblemente serán punidas o rescatadas.

3) Que así como el pensamiento refleja en la aureola faltas y crímenes, también es él quien forma el imán de atracción para espíritus desencarnados de idéntica afinidad a tales actos; los cuales, desde que se aproximan, producen, inductivamente, gravísimos males, tanto al espíritu del encarnado, como así también a su cuerpo físico.

4) Por estos sencillos conocimientos, le es posible a cada uno comprender cual es la causa de la mayor parte de los males que afligen a la humanidad. También les resultará fácil comprender que solamente practicando con el necesario rigor los PRINCIPIOS RACIONALISTAS CRISTIANOS es que cualquier persona puede resistir la acción maligna de las corrientes fluídicas deletéreas de cualquier ambiente donde sea obligado a vivir.

Las bases racionales para obtener esta inmunidad, son las siguientes:

a) Educar a su espíritu, de manera que le resulte fácil mantener una voluntad fuerte solamente para el bien, irradiando su pensamiento de modo que pueda dominar a sus propios ímpetus, frutos de la mala educación recibida, y elevarlo límpido a las esferas superiores, de donde se atraen fluidos beneficiadores que le fortifican.

b) Hacer extenso esa irradiación de pensamientos de valor sobre todos sus semejantes, hasta mismo sobre sus calumniadores, evitando así el efecto vibratorio de los pensamientos de sus enemigos, o simples desafectos – visibles o invisibles – olvidándolos, para no mantener religación mental con ellos, y por ese conducto atraer a los espíritus inferiores que siempre rondan a los mal intencionados.

En tales condiciones mentales, y practicando los principios Racionalistas Cristianos, podrá cualquier ser humano fortificar a su espíritu, jamás será avasallado por los elementos inferiores estacionados en la atmósfera de la Tierra, pudiendo luchar con absoluta certidumbre de éxito en todos sus emprendimientos honestos. Ahí tiene usted, amigo lector, usando exclusivamente de vuestro libre albedrío podréis resolver lo que más convenga a vuestro espíritu: si reencarnar sucesivas veces para poner en equilibrio el desfalque existente en vuestro patrimonio moral, por el intermitente cometimentos de faltas, vicios y crímenes; o si acelerar con pleno conocimiento de causas, el proceso de evolución consciente.

(El autor es Presidente de la Filial Rivera, Uruguay)

 

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